miércoles, 6 de abril de 2016

LOLO. EL HIJO DE MI NOVIA: MUJERES ALTERADAS

Lolo. El hijo de mi novia. Directora: Julie Delpy. Protagonistas: Julie Delpy, Dany Boon, Vincent Lacoste y Karin Viard, entre otros. Participación especial de Karl Lagerfeld. Guionistas: Julie Delpy, Eugénie Grandval. The Film / France 2 Cinéma / Mars Films / Tempête Sous un Crâne. Francia, 2015. Estreno en la Argentina: 12 de mayo de 2016. 

Una comedia sin risas y un thriller sin suspenso. Una película que pretende jugar el juego de apariencias y verdades que Claude Chabrol elevó a la categoría de arte, pero que en las manos de la (a mi entender) sobrevalorada Julie Delpy (Antes del amanecer, Antes del atardecer, Antes de la medianoche), se queda en el formalismo epidérmico más básico de cualquier maquinaria narrativa. Insulsa y aburrida, previsible desde que empieza hasta el remate humorístico del final que se ve venir desde el principio, Lolo. El hijo de mi novia (Lolo) no alcanza la categoría de obra fallida. Porque (me parece) no pretende ser más de lo que efectivamente es. O sea, la nada misma. 


Construyendo imaginarios parangonables con una Sex & the City a la francesa y apelando a los códigos del humor femenino contemporáneo (reconocibles en la obra de Maitena, por ejemplo), Delpy apunta su filme al corazón de una mujer de cuarentaitantos, separada y con hijos adolescentes, profesional y económicamente realizada, en busca del equilibrio ideal entre el sexo y el amor que, en la teoría, florecería con la plenitud de una pareja estable (o lo más estable que estos tiempos neurotizados puedan permitir). 


Haciendo simple lo simple, mujer conoce a hombre impensado y se enamora. Pero el hijo adolescente de ella (el Lolo del título) le hará al hombre las mil y una con la intención de que su madre siga siendo sólo para él. Las mil y una van de lo risible a lo psicótico, sin decidirse por ninguna de las dos vertientes. Y es en esta duda donde el castillo de naipes se viene abajo. En el mientras tanto, se habla mucho y se coge un poco menos. 
Por suerte, siempre nos quedan los exteriores de París y (un poquito) de Londres.
Fernando Ariel García

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